viernes, 30 de diciembre de 2016

LAS LUCES DE CONTREBIA

      Soplaba un viento invernal... Hacía más de cuarenta días que había pasado el solsticio  de invierno y la noche, sin luna,  era muy oscura, aunque el cielo  negro, estaba salpicado por una miríada de estrellas…  Apenas distinguía la senda y andaba totalmente perdido, me guiaba por las lindes cubiertas de yerba sobre la que se iba posando una fina capa de escarcha. El viento cortaba  como un puñal y pensaba que tendría que cobijarme en un recodo del camino, al abrigo de algún tronco caído o incluso cubrirme con tierra , ramujos  y hojas secas para no morir de frío.

      Habían pasado muchas horas desde que saliera de El Tarancón, había seguido la senda que iba al mar, pero me desvié buscando una ciudad de la que me habían hablado, y desorientado, tomé otro camino en un punto que no recuerdo, donde la llanura se cubre de montes bajos y suaves y éstos a su vez, se visten con oscuras carrascas y algunas encinas.

      Me preocupaba tropezarme con alguna manada de Jabalíes, o quizás de lobos, o tal vez de toros salvajes que pudieran cornearme creyendo defender a su manada. Empezaba a temblar de frío y a desesperar. Sabía que no muy lejos, a la derecha, habría podido encontrar el castro de Segóbriga, pero temía a sus guardias, recelosos siempre ante los extraños que se acercaran de noche y prestos a usar sus arcos y flechas. Me habían hablado de una ciudad muy grande, a horcajadas de una loma, cuyo nombre ya no recordaba.




      Crucé el río Xuela por un puente de madera muy endeble y seguí el serpenteante camino mucho tiempo, entre negros montes bajos, pero ya dispuesto a acurrucarme en cualquier lugar a pasar la noche, pues el cansancio ya se hacía insoportable después de haber caminado unas 20 millas. De repente, al doblar el último recodo, ante mí brillaron mil lucecillas que cubrían una ladera, luces de antorchas y lucernas que titilaban en la oscuridad como si dijeran –Ven viajero, ven, que aquí hallarás cobijo y podrás franquear nuestra muralla, si no eres romano ni bandido, ni celta ni lusitano, y nosotros escucharemos gozosos tus bellos versos.

    La blanca muralla, no muy alta, iluminada por antorchas,  parecía rodear toda la ciudad, aunque se ocultaba a la vista al torcer por la ladera… Un centinela armado me dio el alto y preguntó de dónde venía. Le dije que de El Tarancón y me franqueó el paso y adiviné que conocía esa aldea. Yo le pregunté que dónde estaba, que cual era esa ciudad y me contestó: –estás en CONTREBIA… Contrebia Cárbica, la ciudad más grande de la Carpetania, la ciudad de las mil luces, que ama a los poetas, la ciudad invencible y eterna.


IRICON
Recitador de versos
 cantares y leyendas.